Natividad y una epopeya cósmica 2015-16

Natividad y una epopeya cósmica German Peris Luque

El martes 22 de diciembre, es el primer día de invierno en el hemisferio norte de nuestro planeta y el primer día de verano en el hemisferio sur. Este día, actualmente —al menos, en buena parte de la cultura occidental— viene marcado por la inminente festividad cristiana de la Natividad o celebración del nacimiento de Jesucristo. Según la tradición cristiana actual, hace 2016 años, nació en Belén el profeta llamado a salvar al hombre de sus pecados.

Pido disculpas anticipadas por los errores sobre las definiciones exactas de carácter religioso que pueda cometer, además, me gustaría recalcar que no entro a valorar la creencia religiosa que practican millones de personas y que respeto profundamente —al igual que con el resto de religiones del mundo—, independientemente de que comparta o no sus enseñanzas y valores.

La presente entrada sí que tiene la finalidad, aprovechando estas fechas, de enlazar algunos hechos históricos con la astronomía, cosa que muchas personas no conocen, o bien conocen tímidamente o, incluso, de forma ambigua.

En primer lugar, hay que afirmar con rotundidad que hace unos dos mil y pico años nació el personaje histórico que llamamos Jesucristo. Este hecho es innegable y, aunque, durante el siglo XIX, corrió la creencia entre ciertos sectores sociales occidentales de que el personaje no había existido y había sido una invención de la Iglesia, esto no es correcto.

La Natividad
En ciencia —entiendo que al igual que otras disciplinas—, es bueno contrastar las fuentes, y la existencia de Jesucristo, profeta, místico o persona elegida por Dios (sea la que sea, o todas ellas), fue una realidad, no solo por las fuentes cristianas que lógicamente lo citan, sino por las diferentes fuentes de otras culturas que también lo hacen.

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Sin embargo, el primer error histórico sobre la persona de Jesucristo es el año de nacimiento. No nació el año cero, sino, con toda probabilidad, el año 7 a. C. Sí, lo sé, parece una contradicción, pero no lo es. El error en la datación se debe al monje Dionisio el Exiguo en su «Tabla de Pascuas», allá por el 525 d. C., creador de lo que conocemos como año dominico (anno domini, A.D).

Es público que Dionisio se equivocó en las cuentas encargadas por el Papa entre 4 y 7 años al datar el reinado de Herodes I (muy conocido por ser el protagonista sanguinario del Evangelio de San Mateo), procurador de Judea nombrado por Julio César. Entre otros errores, se olvidó del mandato del emperador César Augusto con el nombre de Octavio y de la existencia del año cero. Por cierto, Herodes I murió en el año 4 a. C.

Aunque en el siglo IX ya estaba extendida la costumbre del anno domini, no fue hasta unos cinco siglos más tarde cuando terminó aceptándose de forma habitual.

Después, encontramos una falta de referencias en cuanto a la fecha del año del nacimiento de Jesucristo. Se desconoce la fecha exacta; es así de simple. Si nos ceñimos al relato bíblico, Jesús no nació en invierno. Poco antes de que Jesús naciera, César Augusto mandó realizar un censo de población, que implicó el traslado de los padres de Jesús, y que les llevó, al menos, una semana (Lucas 2:1-3). Esta inscripción, que podía responder a intereses militares o políticos ocultos, difícilmente se realizaría en invierno, cuando las condiciones meteorológicas eran duras en aquellas tierras. Por otra parte, la Biblia menciona que los pastores vivían al raso y hacían vigilia para cuidar a sus ovejas (Lucas 2:8). Los relatos históricos respecto a las costumbres de la época indican claramente que, en invierno, tanto pastores como rebaños estaban ya resguardados.

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Entonces, ¿por qué celebramos la Natividad cristiana el 25 de diciembre?
En Occidente, la Natividad empezó a celebrarse en el siglo IV, concretamente, en Constantinopla (Estambul) —entonces capital del Imperio Romano de Oriente— en el año 379.

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Hemos iniciado  diciendo que hoy es el primer día de invierno en el hemisferio norte y de verano en el hemisferio sur. Vamos a ver qué significa astronómicamente este hecho y qué importancia pudo tener en el pasado, en una época en la que desconocíamos qué eran los planetas, por qué se movían en el cielo respecto a las estrellas «fijas», por qué existían las estaciones o, en definitiva, por qué las cosas eran como eran.

Como sabemos hoy, la Tierra se desplaza alrededor del Sol en algo más de 365 días, de acuerdo con las leyes del movimiento planetario de Kepler (1571-1630) y de la atracción gravitatoria universal de Newton (1642-1727).

Esos 930 millones de kilómetros que recorremos anualmente a una velocidad media de 29,5 km/h se realizan con una inclinación orbital respecto al plano ecuatorial del Sol de 23,5°. Esta oblicuidad (de la llamada eclíptica) provoca las estaciones, según la oblicuidad con la que inciden los rayos del Sol sobre cada hemisferio de la Tierra.

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Oblicuidad de la Eclíptica. Considerando la Tierra quieta y el Sol moviéndose. Fuente: Wikipedia
Esta inclinación es la que provoca que, en los veranos, el Sol describa sobre el horizonte muchas más horas que en invierno, esto es, que salga en su posición más noreste y se ponga en su posición más noroeste. En verano, el Sol está mucho más vertical a mediodía y hay muchas más horas de luz que de oscuridad.
Sin embargo, en los llamados equinoccios («igual que la noche»), en primavera y otoño, el Sol sale justo por el punto Este y se oculta justo por el punto Oeste. Las horas de luz y de oscuridad son las mismas y la trayectoria del Sol sobre el horizonte se realiza, digamos, a media altura.
En invierno, tenemos nuevamente el caso extremo. El Sol sale por su punto más al sureste y se oculta por su punto más suroeste. La trayectoria es la más corta, la más baja en el horizonte, y proporciona el día más corto del año y la noche más larga.

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Posición diferentes salidas del Sol, según la época del año (hemisferio norte). Fuente Astrored.

Esto sucede en el hemisferio norte tal día como hoy, y a ese día se le conoce como solsticio («Sol quieto»). Hoy el Sol alcanza su salida más al Sureste; a partir de hoy, los días no continuarán acortando, al contrario, el Sol retrocederá sobre sus pasos y volverá a salir progresivamente más hacía el Norte.

La observación de estos fenómenos por los antiguos astrónomos, y su datación con palos, piedras y muescas (la tecnología punta de hace unos tres milenios), se convertía también en temor a que no volviera a repetirse el ciclo de las estaciones. Dado el misticismo y los ritos con los que supuestamente los sacerdotes de las diferentes religiones invocaban a estos astros desconocidos, pero de suma importancia para la vida diaria, no era de extrañar que fueran celebraciones importantes, sin duda, las más relevantes.

Así, nos han llegado hasta nuestros días la noche de San Juan o las festividades del solsticio, que la Iglesia cristiana transformó con la finalidad de acabar con los ritos paganos. La fecha del nacimiento de Jesús fue intencionadamente impuesta para anular la influencia de los festejos, que, al menos, en Roma, se prolongaban durante una semana.

"Agujeros de Gusano"
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Rajoy y el caos. Un epitafio de despedida: el bipartidismo ha muerto, ¡viva Rajoy!

Rajoy y el caos. Un epitafio de despedida: el bipartidismo ha muerto, ¡viva Rajoy!

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¡Viva la cultura de la miseria! no deja de proclamar Rajoy para legitimar sus políticas económicas, sociales y religiosas. Si no estuviera convencido de que la mejor política es privatizar el bienestar social, desmantelando la enseñanza pública, la sanidad pública y todo lo que sea público, no estaría tan orgulloso, satisfecho y vergonzosamente autocomplacido con las consecuencias de esta política que, eufóricamente, como si no hubiera ninguna otra vía de salvación, reivindica en nombre de la oligarquía financiera, del neoimperialismo alemán de Merkel y de la Santa Madre Iglesia. Porque a todos estos ha decidió complacer condenando a la miseria, económica, moral y religiosa, a cuantos millones de españoles sea necesario. Y así todos habrán tenido el mérito de, siendo pobres, alcanzar la vida eterna.
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Si no fuera porque el miedo a la libertad, como dijeron Hobbes y Fromm, engendra, en muchos ciudadanos la elección de la sumisión al poder, a Rajoy ya lo habrían condenado, como hacían los griegos, al ostracismo. Condenado al olvido, si no al infierno dantesco al que él ha condenado a tres millones de niños que sólo comen cuando la caridad les da algo, a tres millones de parados, que se encuentran en una especie de limbo del que nunca serán capaces de salir, a un millón de pequeños y medianos empresarios, que tienen familia, a vivir bajo el peso de una hipoteca o en la miseria absoluta, a miles de jóvenes, con menos esperanza que quien llega a ese infierno dantesco, a miles de ancianos, enfermos, jubilados, a todos los asalariados, millones, que han perdido un 25% de su poder adquisitivo y un 40% del valor de sus propiedades, como es la vivienda…
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Por qué sonríe Rajoy sobre las ruinas de su propio apocalipsis y grita, pidiendo el voto, para que le dejen rematar su política prometiendo, como ya hizo antes, hacer todo aquello que está dispuesto a deshacer así que pueda. Necesita seguir gobernando, proclama en nombre de sus víctimas, para rematarlas. Necesita tiempo, dice con una sonrisa de oreja a oreja. Aún quedan trabajadores y clases medias que no han probado el amargo sabor de su exitosa política.
Los nuevos jinetes del Apocalipsis, adorando el viejo ídolo de la divina Codicia capitalista, se han adueñado de España: el Copago, el Paro, la Privatización y la Doctrina cristiana. En su nombre y bajo la ira de sus espadas los bancos son cada día más ricos, las libertades son cada día sustituidas por las inquisitoriales encíclicas papales, la propiedad privada asola los verdes espacios que fueron públicos, desertizándolos, los obreros son condenados a un submundo del que no podrán salir, los jóvenes, envejecidos para acelerar su final, como única alternativa a su irritante juventud…
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Gracias a Rajoy, y al silencio de los medios y políticos que lo rodean, España ha sido colocada en la primera línea de batalla contra el caos internacional, el yihadismo, que se encuentra, arrasador, a pocos kilómetros de sus fronteras. Como sede de misiles norteamericanos, España y los españoles darán la cara para que América sea grande, segura y rica. Gracias, Rajoy. O la sonrisa es expresión de la ignorancia o es un rictus propio de la idiotez de los corderos.
En pleno Renacimiento, el Aretino escribió este “Epitafio para una Tumba” sobre el papa Adriano VI:
“Yace aquí un papa santo: el papa Adriano sexto. Hombre pasto hoy de la carcoma que equivocado, hizo triunfar en Roma su emperador, un poderoso enano. (Carlos V)
Inútil pretensión. Nada más vano que pensar: mi poder todo lo doma. ¿Papa un hombre que, aparte de otro idioma, ni era ateo, humanista ni mundano? ¿Con virtudes venir do todo es vicio? ¿Cómo engañarse así, de tal manera? ¿Quién pudo imaginar tal estropicio?
Mi plegaria por él sea sincera. Nadie la juzgue como un maleficio. Una oración se dice por cualquiera.”
Y en “Vanitas vanitatum” añadió el Aretino:
“Médicos, allegados, cardenales, fue cuanto vio como en sueño vano, ya sin dolores y libre de sus males, al morir el buen papa. El papa Adriano.
Y fue el momento de los funerales. De lo divino al acabar lo humano. De envolverle en plegarias y cendales y de ver un rosario en cada mano.
¡En las manos tan lejos de las mentes hundidas ya en el cónclave futuro sin excepción de los allí presentes!
Junto a un cuerpo aún no frío de aquel hombre, treinta pensaban sólo, esto es seguro, llegar a papas y cambiar de nombre.”
En fin, si Rajoy ha reducido España a escombros y ha enriquecido a los que ya eran ricos y a los políticos, ha tenido, aún el mérito, de dejar, en su testamento, como herencia, el tripartito. El bipartidismo ha muerto, ¡viva Rajoy!

Fuente.- Javier Fisac Seco
Madrid a 19 de Diciembre de 2015

"Agujeros de Gusano"